domingo, 4 de enero de 2015

En el departamento donde vivía mi abuela el teléfono aún suena. A pesar de mi insistencia mi vieja no quiere desconectarlo por las dudas. Algunas veces llama Massa, otras veces llama un señor de voz robotica que quiere saber qué programa de TV estamos mirando. Una vez también llamó Sabatella, no sabía que era amigo de mi abuela. Hoy el ring ring me despertó de la siesta. En verdad no se bien si desperté o seguí soñando. Llamaba un señor a quien reconocí erróneamente como el señor de voz robotica para darme cuenta enseguida, gracias al dejo de dulzura y caballerosidad en su voz, que era un sujeto diferente. Un ser de otros tiempos. Preguntó por mi abuela y luego de escucharlo un poco más decidí darle la noticia.
Era Beto Ahielo: un miembro de la Barra del Café de la Esquina a la que pertenecía mi abuelo cuando vivía en Villa Pueyrredón. Se reunían todas las tardecitas en el Café de la esquina y charlaban cosas de hombres, casi seguro que fumaban y llevaban sendos bigotes. Por la diferencia de edad -hoy Beto Ahielo tiene 75 años que a pesar de ser el un pendejo, según yo, pesan, según el- Beto era un joven entre hombres en una esquina. Más tarde, cuando mi abuelo se muda junto con su consulta de odontología a Maschwitz, la voz que hoy a la tarde me habló de otros tiempos a través del teléfono -o de los sueños- siguió atendiendose con el y siendo su amigo. Cada vez que necesitaba revisarse los dientes agarraba el auto y se iba a Maschwitz, después se quedaba cenando con ellos. Mi abuelo era un gran cocinero. Mi abuela también. Aún hoy dice que mi abuelo era el único que no le hacía doler. Un maestro, dijo. También me contó que tras la mudanza le dejó el número de teléfono a Beto, por lo difícil que era obtener una línea telefónica en aquellos tiempos. Ese es el mismo teléfono que sigue escrito en las tarjetas personales de mi abuelo y del cual hoy me está llamando su viejo amigo. Beto es el último que queda vivo de la Barra del Café de la Esquina.
Beto siguió llamando a mi abuelo año tras año, después a mi abuela. Año tras año hasta el año pasado que fue la última vez que habló con ella. Mi abuela se puso de contenta. Este año que se va, agonizante, llamó otra vez pero ahora habló conmigo, el nieto de Carlos Azzi. Quizás mi mamá tiene razón y no hay que desconectar los teléfonos. En esos aparatos estáticos habitan todavía las vías a otros tiempos y otros lugares. Recuerdos que buscan volver. En su aparente obsolescencia nos engañan como un cascarudo brillante que se hace el muerto para empezar a moverse cuando distraídos dormimos la siesta, rompiendo la quietud de la tarde.

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