Espero mi porción de vacío sentado en la esquina. El humo llena la vista en los cuatro puntos cardinales de esas cinco esquinas cono-urbanas. Una de las esquinas es una escuela pública. Tres son casas. La restante, una parrilla con algunas mesas para comer sobre la vereda o una barra para esperar el pedido. Todas las calles pavimentadas salvo una que conserva aún una cuadra de tierra sumida en pastizales con algunas carrocerías roídas por la intemperie. Una pareja se aleja por esa senda arrastrando bolsas vacías. Parecen alejarse en el tiempo.
Es esa hora dura donde el sol apunta directamente a la parte más alta de las cabezas y las sombras no existen. Un tachero dormita con anteojos oscuros en su mesa bajo un fresno y dos amigos recién bajados de una oxidada chata Dodge toman vino con soda. Los muchachos de la parrilla, transpirados como salamín en guantera, se ríen. Están felices. Un cigarrillo se enciende cerca mío. Puedo oler el perfume penetrante de un Marlboro fresco. Es una señora de unos setenta años que busca frenéticamente refugio del humo parrillero. Aquel paraje ansiado donde su olfato pueda finalmente descansar de la invasión gris. Con la mirada le indico el punto justo y sonríe agradecida. Ella y otras más. Señoras dejadas por sus maridos para comprar el almuerzo de un domingo quieto mientras sus hombres realizan otros quehaceres. Cargar nafta, sacar plata del banco. Los muchachos las burlan amistosamente, haciéndoles el juego, diciéndoles que las han abandonado. Ellas también ríen. No sabría decir si están felices.
Imperceptible, mientras pienso en las señoras, una escena compleja se empieza a desarrollar frente a mis ojos. De todos los puntos del barrio llegan viajeros incansables en su gesta alimentaria. Canes de todos los tipos se acercan como muertos vivos al epicentro de su redención del mediodía de domingo. Una mujer sensible observa lo mismo y me dice por detrás: mirá ese, viene de las nieves. Señalando un can blanco como los ojos de la muerte. Llegan más y más. Unos cien se habrán acercado lentamente sin que nadie se percatara. Otro susurro de la mujer sensible: se aproxima una guerra. Sonriendo. Le sonreí como respuesta. El chico de los repartos a domicilio sale por el costado y ofrenda un cacho de costillar a los dioses paganos. Se lo queda una hembra que expulsa con sus gruñidos al resto.
De una tira de asado un gran pedazo de grasa cayó a las brasas y el perfume evocó en mi un recuerdo, una imagen, que había permanecido oculta algún tiempo.
Abandonaba el invierno empollado en mi cuerpo, en mi tristeza y en un asiento de colectivo de amortiguadores vencidos y motor vociferante que cruzaba el conurbano de norte a sur. Dejando atrás las casonas de San Isidro, el rabioso alce de hierro encaraba la oscuridad profunda de la nocturna Ruta 4. El desértico panorama insinuaba en las penumbras la escenografía de Mad Max traducida al castellano. O tal vez esos parajes desolados de la Ruta Nacional 1 al norte de Perú, donde es posible avistar radares raquíticos y solitarias fortalezas olvidadas como gigantes de otras épocas. Mercaderes del tiempo. En fin, avanzaba yo por semejante escenario escudriñando por la ventana, encapuchado como un beduino. Observando las sombras subir y bajar del bondi en lugares imposibles.
Dejando el invierno, como dije, llegaba la primavera. Con ella, según comprobé en ese periplo por el cinturón de las ciudades, volvía la alegría vieja. A lo largo de la ruta los destellos empezaron a insinuarse como los artificios de un ritual esperado. De todas las casas que bordean la ruta y ahora sí podía ver, emergían con gloria las llamas de los primeros asados de la temporada. En las puertas de las casas, en las veredas, en las terrazas, en los descampados. Infinitos grupos de familias, amigos, parejas. Hermanados por el fuego y la carne brotaban con la primavera los vinos, las birras y los jugos, las ensaladas, los perros buscando los restos y las abuelas bendiciendo. En la oscuridad de la ruta hubo una luz y fue la de la parrilla. La desolación se transformó ante mis ojos con un acto de magia ritualista. Bajé del bondi apenas pude y fui invitado por innumerables amigos improvisados en la fiesta de la exuberancia y la fraternidad. Visitante de otras tierras, heraldo, escuché las risas y los cuentos para llevarlos a mi tierra. Cuando se acabó el vino deambule hasta que salió el sol e iluminó los pedazos de grasa que incluso los perros habían abandonado.




