domingo, 4 de enero de 2015

Parrilla


Espero mi porción de vacío sentado en la esquina. El humo llena la vista en los cuatro puntos cardinales de esas cinco esquinas cono-urbanas. Una de las esquinas es una escuela pública. Tres son casas. La restante, una parrilla con algunas mesas para comer sobre la vereda o una barra para esperar el pedido. Todas las calles pavimentadas salvo una que conserva aún una cuadra de tierra sumida en pastizales con algunas carrocerías roídas por la intemperie. Una pareja se aleja por esa senda arrastrando bolsas vacías. Parecen alejarse en el tiempo.
Es esa hora dura donde el sol apunta directamente a la parte más alta de las cabezas y las sombras no existen. Un tachero dormita con anteojos oscuros en su mesa bajo un fresno y dos amigos recién bajados de una oxidada chata Dodge toman vino con soda. Los muchachos de la parrilla, transpirados como salamín en guantera, se ríen. Están felices. Un cigarrillo se enciende cerca mío. Puedo oler el perfume penetrante de un Marlboro fresco. Es una señora de unos setenta años que busca frenéticamente refugio del humo parrillero. Aquel paraje ansiado donde su olfato pueda finalmente descansar de la invasión gris. Con la mirada le indico el punto justo y sonríe agradecida. Ella y otras más. Señoras dejadas por sus maridos para comprar el almuerzo de un domingo quieto mientras sus hombres realizan otros quehaceres. Cargar nafta, sacar plata del banco. Los muchachos las burlan amistosamente, haciéndoles el juego, diciéndoles que las han abandonado. Ellas también ríen. No sabría decir si están felices.
Imperceptible, mientras pienso en las señoras, una escena compleja se empieza a desarrollar frente a mis ojos. De todos los puntos del barrio llegan viajeros incansables en su gesta alimentaria. Canes de todos los tipos se acercan como muertos vivos al epicentro de su redención del mediodía de domingo. Una mujer sensible observa lo mismo y me dice por detrás: mirá ese, viene de las nieves. Señalando un can blanco como los ojos de la muerte. Llegan más y más. Unos cien se habrán acercado lentamente sin que nadie se percatara. Otro susurro de la mujer sensible: se aproxima una guerra. Sonriendo. Le sonreí como respuesta. El chico de los repartos a domicilio sale por el costado y ofrenda un cacho de costillar a los dioses paganos. Se lo queda una hembra que expulsa con sus gruñidos al resto.
De una tira de asado un gran pedazo de grasa cayó a las brasas y el perfume evocó en mi un recuerdo, una imagen, que había permanecido oculta algún tiempo.
Abandonaba el invierno empollado en mi cuerpo, en mi tristeza y en un asiento de colectivo de amortiguadores vencidos y motor vociferante que cruzaba el conurbano de norte a sur. Dejando atrás las casonas de San Isidro, el rabioso alce de hierro encaraba la oscuridad profunda de la nocturna Ruta 4. El desértico panorama insinuaba en las penumbras la escenografía de Mad Max traducida al castellano. O tal vez esos parajes desolados de la Ruta Nacional 1 al norte de Perú, donde es posible avistar radares raquíticos y solitarias fortalezas olvidadas como gigantes de otras épocas. Mercaderes del tiempo. En fin, avanzaba yo por semejante escenario escudriñando por la ventana, encapuchado como un beduino. Observando las sombras subir y bajar del bondi en lugares imposibles.
Dejando el invierno, como dije, llegaba la primavera. Con ella, según comprobé en ese periplo por el cinturón de las ciudades, volvía la alegría vieja. A lo largo de la ruta los destellos empezaron a insinuarse como los artificios de un ritual esperado. De todas las casas que bordean la ruta y ahora sí podía ver, emergían con gloria las llamas de los primeros asados de la temporada. En las puertas de las casas, en las veredas, en las terrazas, en los descampados. Infinitos grupos de familias, amigos, parejas. Hermanados por el fuego y la carne brotaban con la primavera los vinos, las birras y los jugos, las ensaladas, los perros buscando los restos y las abuelas bendiciendo. En la oscuridad de la ruta hubo una luz y fue la de la parrilla. La desolación se transformó ante mis ojos con un acto de magia ritualista. Bajé del bondi apenas pude y fui invitado por innumerables amigos improvisados en la fiesta de la exuberancia y la fraternidad. Visitante de otras tierras, heraldo, escuché las risas y los cuentos para llevarlos a mi tierra. Cuando se acabó el vino deambule hasta que salió el sol e iluminó los pedazos de grasa que incluso los perros habían abandonado.
En el departamento donde vivía mi abuela el teléfono aún suena. A pesar de mi insistencia mi vieja no quiere desconectarlo por las dudas. Algunas veces llama Massa, otras veces llama un señor de voz robotica que quiere saber qué programa de TV estamos mirando. Una vez también llamó Sabatella, no sabía que era amigo de mi abuela. Hoy el ring ring me despertó de la siesta. En verdad no se bien si desperté o seguí soñando. Llamaba un señor a quien reconocí erróneamente como el señor de voz robotica para darme cuenta enseguida, gracias al dejo de dulzura y caballerosidad en su voz, que era un sujeto diferente. Un ser de otros tiempos. Preguntó por mi abuela y luego de escucharlo un poco más decidí darle la noticia.
Era Beto Ahielo: un miembro de la Barra del Café de la Esquina a la que pertenecía mi abuelo cuando vivía en Villa Pueyrredón. Se reunían todas las tardecitas en el Café de la esquina y charlaban cosas de hombres, casi seguro que fumaban y llevaban sendos bigotes. Por la diferencia de edad -hoy Beto Ahielo tiene 75 años que a pesar de ser el un pendejo, según yo, pesan, según el- Beto era un joven entre hombres en una esquina. Más tarde, cuando mi abuelo se muda junto con su consulta de odontología a Maschwitz, la voz que hoy a la tarde me habló de otros tiempos a través del teléfono -o de los sueños- siguió atendiendose con el y siendo su amigo. Cada vez que necesitaba revisarse los dientes agarraba el auto y se iba a Maschwitz, después se quedaba cenando con ellos. Mi abuelo era un gran cocinero. Mi abuela también. Aún hoy dice que mi abuelo era el único que no le hacía doler. Un maestro, dijo. También me contó que tras la mudanza le dejó el número de teléfono a Beto, por lo difícil que era obtener una línea telefónica en aquellos tiempos. Ese es el mismo teléfono que sigue escrito en las tarjetas personales de mi abuelo y del cual hoy me está llamando su viejo amigo. Beto es el último que queda vivo de la Barra del Café de la Esquina.
Beto siguió llamando a mi abuelo año tras año, después a mi abuela. Año tras año hasta el año pasado que fue la última vez que habló con ella. Mi abuela se puso de contenta. Este año que se va, agonizante, llamó otra vez pero ahora habló conmigo, el nieto de Carlos Azzi. Quizás mi mamá tiene razón y no hay que desconectar los teléfonos. En esos aparatos estáticos habitan todavía las vías a otros tiempos y otros lugares. Recuerdos que buscan volver. En su aparente obsolescencia nos engañan como un cascarudo brillante que se hace el muerto para empezar a moverse cuando distraídos dormimos la siesta, rompiendo la quietud de la tarde.

sábado, 12 de febrero de 2011

galope de oruga


Ari Gabel, http://www.flickr.com/photos/arigabel/
Estamos en el parque. Nuestros cuerpos se bambolean con la cadencia típica de un fumador de marihuana. Somos como espectros recorriendo un valle que nunca van a abandonar. Mientras caminamos hacia la casa Randy, que venia escudriñando el piso, encuentra un cascarudo (Nombre científico: Trox suberosus, Orden: Coleoptera, Familia: Scarabaeidae, Observaciones: Mide unos 13 mm. Las alas externas son duras y poseen tubérculos longitudinales más o menos salientes). Según nos explica, estos son capaces de llevar un palito sobre su cuerno. Mientras busca uno para hacer la prueba pasa otro de los chicos y sin querer patea al insecto. Cuando nos damos cuenta de esto lo buscamos frenéticamente por el suelo, lo encontramos dado vuelta. Una vez restituido sobre sus patas, Randy le coloca el palito sobre el ¿cuerno¿ y prueba que, efectivamente, luego de unos segundos de inmovilidad el cascarudo comienza a moverse con la carga. Parece un cartonero llevando kilos y kilos de cartón que no quiere pero debe llevar. Rápidamente nos aburrimos del fenómeno y nos retiramos adentro de la casa donde nos quedamos una hora viendo en la televisión un especial sobre la increíble vida de Tinelli. Allí me entero de que entre sus numerosas ex-parejas se encuentra Xuxa. También veo una foto en blanco y negro donde aparece él como un periodista cuasi adolescente cargando su grabador mientras intenta entrevistar a un Maradona de jean y sweater que se le escapa. Me provoca mucha envidia y eso que ni siquiera me gusta el futbol.

viernes, 28 de enero de 2011

Piletas


Cuando era chico, muy chico, me tiraba a la pileta para evitar situaciones que no me gustaran. Me tiraba y permanecía en el fondo lo suficiente como para que cuando saliera no hubiera mas nadie. Debajo del agua, pegado al fondo, solo me llegaban algunos sonidos: los ladridos de Toto, algún grito aislado, la cortadora de pasto... Pocos sonidos, pocos y deformados por el liquido que nos separaba. A esa edad creía que siempre iba a haber alguna pileta con un fondo llano para apoyarse y descansar mientras los difusos sonidos del mundo nos llegaban como ecos.

martes, 30 de noviembre de 2010


Salir a pasear en bici era el plan. Abrí la puerta de casa y el calor del verano me pego en el cuerpo con la pesadez de los recuerdos que uno tiende a archivar. Como si fueran golondrinas buscando el clima apropiado, con la temporada estival volvieron aquellos besos y abrazos que solíamos darnos.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

el escondite

Pelo. Educación fisica. Sueños. Ciudad, caminar, leer. Traje de baño. Un mate, dos mates. Recovecos. Plastilina y pastillas. Ella, el mar. Un sueño mas. Abandonar la escuela y la calma de la hora de la siesta en un pueblo medio muerto. Espero. Te espero. Kiosko y pileta publica. Pileta púbica.

martes, 23 de noviembre de 2010

rutas de memoria

El pibe tenia la manía de filmar por la ventana cuando iba en auto o en tren, le gustaban esos paisajes, rurales o urbanos, todos por igual. Después le pedía a la novia que se los edite con algunos cortes especiales, que los mezcle, que le ponga la música que el quería. Cuando estaban terminados se sentaba en su casa, ponía el volumen bien fuerte y miraba horas y horas de filmaciones de paisajes sobre ruedas. Lo tranquilizaba. Cuando terminaba de ver la nueva producción, la guardaba en un mueble que le daba la vuelta a la habitación y que consistía en miles de cajoncitos pequeños, cada uno de los cuales albergaba una cinta. Ya tenía cientos de horas de paisajes pero aun seguía filmando. Se restringía a los paisajes, a los paisajes móviles. A los horizontes de luna, estrellas o sol. A las villas del costado de la autopista, a los campos vacíos, cultivados, salvajes. Miles y miles de cintas de paisajes rodantes, paisajes que se deslizan en una imagen que es siempre la misma y otra a la vez.